"Estaba donde mi amigo y me entraron ganas de matarme": Harakiri a la colombiana






*El texto que leerás a continuación está basado en hechos reales. 



I


Esa tarde mi lado luminoso afloró. Atravesó mi pecho como un tobogán de luz. Y ¿si no me mato? y ¿si dejo todas esas ideas absurdas y lo intento una vez más?. Lo que necesito es vida social. Necesito distraer la mente, ver algunos amigos, un poco de alcohol. Sí, puedo hacerlo, no es tan difícil vivir, ya he vivido por casi treinta años... pfff vivir es pan comido. Tengo que cumplir con los designios de Diosito, yo qué putas sé. Ya estuvo bueno de depresiones. Solo necesito pasar una buena tarde.


Tomé el teléfono y llamé a el Inglés. Tenía demasiado dinero y muy pocos problemas. Le pagaban cada semana en libras esterlinas al maldito. Qué buenos amigos me he hecho estos años, pensé. 


--¿Hola?

--¿Harold? hermano ¿cómo estás?

--Moy bueno, ¿y tú? 

--Bien bro, ¿qué haces hoy? 

--En el apto ¿Te pasas?


El Inglés tenía tanta plata y tiempo libre que ya iba a la fija. Me puse los audífonos y le di play a Nightcall de Kavinsky. Entré a la tienda del barrio y compré un sixpack y un cigarrillo con los últimos veinte mil pesos que me quedaban. Tomé en mi mano la bolsa repleta de cervezas y la agité al ritmo de mis pisadas mientras caminaba hacia la casa de el Inglés. Nighcall nunca había sonado tan dulce, tan profunda, tan arrogante. Era como escucharme a mí mismo venciendo a la muerte. Me moví al ritmo de los sintetizadores y me perdí calle abajo, como haciéndole el amor al cemento que pisaba mientras las notas musicales me rondaban la cabeza y explotaban en mi pecho. 


Tampoco voy a mentir, eran más los microsegundos en los que la muerte y yo nos perseguíamos: la veía como un bálsamo, como un trozo de la jaula que permanecía abierto. La muerte para los suicidas se presenta como una opción considerada y gratificante. El lado luminoso, el que se aferra a la vida, pierde fuerza y se encoge ante su presencia, porque la muerte es rápida y astuta: lo consume con parsimonia, como saboreando un banquete. Sabe que acabará con él más temprano que tarde y tú también lo sabes, quieras suicidarte o no... es el mismo destino para todos. 




II




Toqué a la puerta y el Inglés abrió de inmediato. Era un estereotipo andante de cabello amarillo ondulado y unos casi dos metros de estatura, de rasgos angulares y ojos azules. Tenía una chaqueta negra y con la capota se cubría medianamente los rizos dorados que le brotaban de la cabeza. 

Sus dos perros siberianos me agitaron la cola al verme en la puerta. Uno de ellos, el que tenía heterocromía, me inquietaba extrañamente. Sus ojos profundos y amenazantes, me recordaba la imponencia de un jaguar.


--Sigue hermano-- me dijo el Inglés, --invité a unos culitos pero tal vez lleguen en dos horas.

Sonreí.


Le entregué las cervezas y entré en la sala. Con los dedos rompió el plástico que envolvía el sixpack y me lanzó una lata desde lejos. La atrapé en el aire y levanté el pequeño seguro metálico. Ambos brindamos, hablamos y reímos por unos treinta minutos. Una sensación extraña y olvidada me llenó: era alivio. Miré por la ventana. El sol se empezaba a ocultar y dentro de mí solo quedaba vacío repleto de alivio. Mis pensamientos se callaron por un segundo: tiempo que tarda el cerebro en gestar una respuesta a cualquier pregunta inconclusa que haya dado vueltas en la cabeza y que, solo en un momento de distensión neuronal, aparece. 


De pronto el Inglés sacó su celular del pantalón. Miró a la pantalla, me hizo un gesto con la mano y contestó. Parecía una llamada importante. Asentí con la cabeza como diciéndole que se tomara su tiempo y continué mirando hacia afuera. Hablaba a toda velocidad en un inglés británico fluido. Al cabo de unos minutos, la llamada se tornó intensa y el tono de su voz ascendió varios decibeles. Arrugó la frente y comenzó  a agitar las manos. Un segundo más tarde salió del apartamento dando un portazo y comenzó a atender la llamada desde afuera. Aún sentado en el sillón podía escucharlo a lo lejos expulsando gritos al aire. 


Sin embargo, una tranquilidad que meses atrás me parecía fugaz e imposible, me invadió totalmente. 

Con los ojos recorrí el espacio que había entre la ventana y la cocina. Atravesé cada uno de las sillones de la sala y la puerta por donde había salido el Inglés. Después vi el mesón de madera con sillas tipo bar que rodeaban a la cocina. Aún con la mente en blanco puse la vista sobre los cuchillos depositados en un triángulo de madera. Parecían caros, importados o algo por el estilo. 


No fue que llegara a ninguna conclusión, más bien la conclusión había llegado a mí. Más bien se había adueñado de mí y actuaba por mí, sin mi permiso. Caminé por inercia a la cocina. Las hojas afiladas brillaban desde lejos. Saqué uno de los cuchillos del triángulo. Parecía el más grande por el tamaño del mango. Lo tomé en mis manos y el destello que emitió me bañó las pupilas. 


Uno de los perros, el que tenía heterocromía se sentó a mis pies, nos miramos fijamente por algunos segundos y una cosquilla apareció en la boca de mi estómago ¿es una señal? miré fijamente a la punta del cuchillo reflejando el último destello de luz que se metía por la ventana. Lo acerqué a mi pecho, entonces comprendí que mi camisa obstaculizaba mi deseo y la levanté. 


Habían sido meses de calvario. De noches invictas sin una sola hora de sueño. De percibir mi mente como una entidad ajena y ruidosa, imposible de acallar. Conté cada unas de las noches. Fueron veintisiete. Veintisiete noches sin dormir. Cuando salió el sol el día veintiocho, comprendí que el único camino para silenciar mis pensamientos era morir ¿pero cómo? ¿lanzarme a un camión? ¿ahorcarme? ¿tomar pastillas para dormir? ¿cómo podía acabar con mi vida de una forma rápida y eficaz?... no me importaba el dolor, no me importaba dejar un desastre o un río de sangre bajo mis pies, solamente quería morir de manera efectiva.  Decidir qué ropa usar a diario, qué carrera estudiar o con quien compartir el resto de tu vida es difícil, lo sé... pero sin duda, decidir de qué manera morir, es más difícil que todo eso. Dios o quien esté jugando con nosotros a las marionetas nos quitó esa responsabilidad... o más bien la hizo aterradora para que no podamos huir de aquí: "libérate de la vida si quieres, pero necesitas muchos huevos, un plan maestro y pasar dolor", debió haber dicho como conjuro el día que nos creó. 


De cualquier forma no había una sola pizca de miedo en mi estómago, no había una sola pizca de nada, yo era un gran bulto de nada esperando a sentir algo. Señalé con el cuchillo el lugar en el que me parecía que latía mi corazón e introduje la punta. Pude percibir la textura suave de mi carne al otro extremo. Lo empujé un poco más y la parte ancha del cuchillo comenzó a entrar, me parecía que lo que perforaba era otro cuerpo porque no sentía dolor ¿debía introducirlo con más violencia? ¿con más fuerza? mientras hurgaba con el cuchillo en mi pecho recordé a un indígena que había conocido en México. Me habló del espíritu del Jaguar, de cómo solo elige a quienes logran sacrificar su corazón, los elegidos como servidores de la luz y destinados a recibir secretos impenetrables. Me emocioné, aquella era la manera más pura de morir. Carajo, debería haberme tatuado un jaguar, pensé. 


Miré de nuevo a mis pies, esta vez ambos perros me acompañaban. Noté que varias gotas de sangre habían caído en el piso de la cocina y ambos las olfateaban con sus hocicos. El perro de ojos bicolor me miró de nuevo como tratando de comprender lo que estaba viendo. Más sangre brotó y mis pantalones y estómago se empaparon. En un punto el cuchillo no entró más, parecía atascado. Entonces me pregunté si habría llegado al corazón y el eco de la voz de mi amigo se comenzó a volver cercano. 


Imagen real de un samurai japonés haciendo harakiri. El acto de suicidarse por desentrañamiento para morir con honor en lugar de caer en manos del enemigo.


Mierda y ¿si vuelve y no he terminado con esto? mi cerebro, las voces, mis pupilas, todo seguía encendido. Arranqué el cuchillo de mi interior y lo introduje cerca de mi costilla izquierda. Sentí el frío de la navaja atravesándome y un leve ardor pero no me contuve y lo empujé hasta el fondo. La boca me supo a sangre. Lo volví a sacar sin piedad y lo introduje una vez más en el costado derecho. El mismo frío, el mismo ardor, nada sorprendente. Había sentido más el día que vi morir a un perro en una película. Lo que más me maravillaba era el charco de sangre que se estaba formando bajo mis pies. Los perros tenían algunas gotas de sangre en los pelos de la cabeza y sus patas delanteras ligeramente untadas, y aún así seguían mirándome en silencio, sin ladrar, sin moverse un solo centímetro.


¿Por qué no estoy muerto? ¿Por qué sigo escuchando los pitos de los carros de afuera? ¿por qué sigo escuchando la voz del Inglés? ¿por qué esta vida me sigue atormentando? tomé el cuchillo de nuevo, el mango se me resbalaba. Parecía aceitado por la cantidad de sangre que bañaba la palma de mi mano. Me limpié torpemente en el pantalón y lo tomé otra vez con firmeza. Ahora sí acabaré con esto de una vez por todas, me dije mientras ponía la punta del cuchillo en mi cuello y sin mucha meditación me rajé de extremo a extremo. Seguramente le había dado a la aorta. La cantidad de sangre que salía era irreal.




III




Durante unos segundos no supe qué sucedió. Me parece que podía ver el techo de la cocina y nada más. Me parece que la voz del Inglés era lejana y cercana al mismo tiempo. Me parece que vi su cara encima mío haciendo una mueca de desagrado. Me parece que de fondo sonaba otra vez Nightcall de Kavinsky. 


I want to drive you through the night, down the hills 

I'm gonna show you where it's dark, but have no fear...


De alguna manera me sacaron del apartamento y lo siguiente que supe era que estaba moviéndome en una camilla y una bonita enfermera me abría los ojos y me apretaba el estómago. Le supliqué que me dejara morir. Se me escaparon el corazón y la aorta, y ese era el motivo por el que seguía vivo ¡mierda! corté el hígado y el estómago pero no lo suficiente.


En el hospital sellaron las ventanas de mi habitación y varias personas se turnaban para vigilarme. Los días posteriores fueron un tormento. Entonces sí sentí el dolor y la desesperación matándome de verdad. Me pareció que la bonita enfermera me hizo pensar que estaba enamorada de mí para que yo volviera a tener ganas de vivir, y hasta hoy creo que funcionó. No me habló nunca más desde el día en que me dieron de alta, porque también me parece que así son la vida y la muerte: para recibir algo, tienes que perder otra cosa. 


Todavía paso noches sin dormir, pero aún no suman veintisiete... la próxima semana sacaré cita para tatuarme al jaguar a ver si vuelvo a sentir algo de una vez por todas. El Inglés, por su parte, me bloqueó de todas sus redes sociales, ¡ja! gran cosa, con tanta plata y tenía que llevar yo las cervezas. Más se perdió en el Titanic...







La historia que acabas de leer es real. Si estás en esta situación similar 

o conoces a alguien que lo esté, no te lo guardes. El suicidio no es un juego.



 







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