La carta que escribí tras desconectar a mi hijo




I


El dolor que sientes cuando el médico te explica por lo que tu hijo está pasando. Cuando te hablan como si fueras una niña pequeña para que comprendas que el cuerpo de tu niño está vivo solamente por una máquina pero su espíritu y su esencia ya no están... es indescriptible.


Veinticuatro horas de protocolo después yo solo pedía un milagro. Estaba dispuesta a dar mi vida de rodillas por él. Le clamaba al creador piedad y ese solo y único milagro, pero ya todo estaba escrito: vino la sicóloga a hablar conmigo y mi esposo, y nos explicó de nuevo aquella dura y cruel realidad: mi hijo, mi bebé, al ser que yo tuve en mi vientre durante nueve meses y con el cual compartí la mitad de mi vida, ya no estaba vivo. Tenía muerte cerebral. 


Los doctores hablaban y yo sentía que me abrían el corazón sin anestesia y me lo arrancaban por pedazos, pellizquito a pellizquito. Lo único que quería hacer era salir de ese hospital frío y oscuro. Me sentía asfixiada. Mi esposo y mi hijo mayor me sostenían porque no me respondían las piernas. Una doctora se llevó a Cristian y Camila (mis dos hijos menores) para explicarles algo que no tenía explicación, que ninguno de nosotros entendía ni lograría entender, luego de sus palabras, mi hijo mayor sostuvo mi cara y me dijo “madre tú eres la fuerza de todos, no te derrumbes”, cuando ya de mí solo quedaban escombros. 


Quise correr. No soportaba más ese lugar. Salimos a la calle aunque no supe bien cómo. De aquellos momentos solo tengo en mi mente escenas inconexas. Afuera caía una tormenta y el agua mojaba mi cara. Lo único que pude hacer fue gritar con todas las fuerzas de mi alma, de mi vientre y mi pecho: “¡Daniel, Daniel, Daniel, hijo te amo, te amo! ¡no me hagas esto por favor!... creo que fue tan fuerte mi llamado que Dios, el universo o tal vez el mismo Daniel me permitieron ver un arcoíris. "Ya está en el cielo", pensé.



II


Nadie está preparado para perder a nadie. Mucho menos si eres padre o madre de un hijo joven, lleno de fuerza, de luz. La muerte de alguien que estaba lleno de vida es algo tan inexplicable que nos deja perdidos, como si una bomba nos hubiera explotado en los oídos. Daniel nunca sufrió de nada. Tenía un poco más de veinte años y la muerte simplemente lo sorprendió una tarde en familia. 

Mientras vacacionábamos en una finca a la afueras de Bogotá se desplomó y en menos de cuatro días ya se había ido para siempre. Cosas cómo esa te hacen preguntarte ¿cuál es el sentido de la vida?, ¿fue ésta mi lección? 


Y a pesar de todo, recordar es lo único que te mantiene con vida (bien dicen que los recuerdos son nuestra única posesión). En mi memoria hay demasiados que llegan y me roban una sonrisa en medio de esta profunda tristeza. Recuerdo, por ejemplo, el momento en que Daniel llegó a mi vida con su carita y su cuerpecito perfecto. Las chismosas lo miraban y me decían "qué bebé tan bello tienes" y yo me sentía orgullosa. Orgullosa de sus crespos de oro, de sus mejillitas blancas y sus enormes ojos color miel. 


Veo como una película cada año de su vida y recuerdo cómo su personalidad se tornaba tan diferente a la de muchos niños de su edad. Era tan serio que parecía un anciano con décadas de sabiduría encima. En el fondo de mi corazón intuía que era un alma vieja, que había venido a este mundo a enseñarme algo que yo aún no comprendía. 


Daniel sabía de sobra que soy muy despistada y cuando tenía que salir sola me llamaba a preguntarme cómo iba "¿ya llegó o se perdió como siempre?". Yo le respondía, que tenía razón -estoy perdida hijo- "Eres una niña chiquita que se pierde saliendo de la puerta de la casa", me decía. Yo reía y él me explicaba todo de nuevo... ¿cómo un ser al que le llevaba tantos años me hacía sentir tan inexperta?


Mientras más crecía, más tenía claro lo que quería y no quería ser. Le gustaban cosas que a otros le parecían ridículas y me seguía convenciendo de que venía de otra época. Recuerdo su humor negro que solo entendía la familia y algunos amigos cercanos, porque para las personas que no lo conocían podía llegar a ser cruel aunque esa no fuera su intención

También recuerdo el increíble respeto que mostraban hacia él sus amigos cuando exponía su punto de vista... el escuchar a otros decir "es como un viejito con esos pensamientos" me hacía brincar el corazón de orgullo.


Y los momentos en que estábamos reunidos en familia. Las risas, las rabietas. Cuando se plantaba en una idea, no desistía hasta lograr su propósito. Cuando hacía tertulias con sus hermanos, exponía una idea totalmente diferente, como mostrándoles un sendero nuevo y todos terminaban dándole la razón. Tratar de controlarlo era inútil "estamos en una democracia, soy libre de hacer lo que quiera, el punto aquí, señora Lucy" me decía "Es ¿porqué tengo que pedir permiso para hacer lo que yo quiera?", y ahí comenzaba una larga charla entre risas. Yo intentaba ganarle en medio de  su gran debate y cuando creía que al fin lo había logrado, él salía con algo que para mí era imposible discutir. Daniel me regalaba alegría y yo como mamá me sentía orgullosa de la forma en que veía el mundo. 


El día del funeral me sentí mucho más orgullosa al darme cuenta que los amigos y conocidos que en algún momento compartieron con él, habían sido marcados por sus pensamientos y enseñanzas.


Cada uno de esos recuerdos me da vida... la vida que perdí desde que se fue, y mitigan el recuerdo de la impotencia que sentí al no poder hacer nada para aliviar su dolor. Me hacen sentir menos angustia al recordar sus últimas palabras: "mamá me duele mucho la cabeza" y ese momento en que no entendía la gravedad de lo que pasaba alrededor, siempre piensas que no es nada, que va a salir bien, pero esta vez no fue así. 


Después de que me dijo que le dolía la cabeza, le dije que ya iba a pasar, que el medicamento le ayudaría. Le repetí una vez más que lo amaba, me contestó "lo sé mamá"... Tengo viva esa imagen de su cuerpo alejándose cuando entraba a radiología, ambos pensando que saldría en unos minutos... y el hecho de que en menos de 6 horas estábamos entrando a esa habitación fría a darle el último adiós antes de desconectarlo, como tanto lo había pedido en vida...


Se quedó en ese sueño profundo y con ese instante llegó el descubrimiento de la peor pesadilla que comenzaba en mi vida... ¿Cómo vivir con esto si primero tenía que irme yo?  siento que estoy viviendo injustamente los años que le correspondían a Daniel ¿Algún día esta angustia va a terminar?


Mi pedacito de cielo, no entiendo muchas cosas de la vida y no comprendo el porqué de tu partida. Han pasado los días, más exactamente dos meses del dolor tan grande que significó perderte y el duelo apenas comienza. Cada día duele un poquito más. No te quiero retener en este plano con mis lágrimas pero me es imposible no llorar al no verte, quiero que donde te encuentres estés bien, que la luz te ilumine y trasciendas para seguir en tu camino. Te amo tanto hijo, hay instantes de tranquilidad y me pregunto si serás tú dándome paz ¿eres tú mi amado sol, luz en días de oscuridad?. No hay palabras para explicar lo hermoso que eras para mí, Daniel. Dejaste tan vacío mi mundo y no sé cómo completar está parte que le falta a mi alma. 


Gracias por existir...


Te ama siempre,


Mamá.




En memoria a Daniel Pineda Prieto

13/11/1996 - 5/11/2020

"No te rindas que la vida es eso, 

continuar el viaje, perseguir tus sueños, 

destrabar el tiempo, correr los escombros 

y destapar el cielo"


"Solo con el corazón se puede ver bien,

lo esencial es invisible a los ojos"




Nota: este es el primer texto publicado en este blog que no es de la autoría de Margarita Be. Es un último adiós a Daniel Pineda, un niño lleno de vida que falleció a finales del 2020, el año que se llevó tanto... incluído él. Las palabras que leerán a continuación pertenecen a su Madre, Luzmiryan Prieto. Durante el funeral, ella tomó mis manos y me manifestó su deseo de publicar en este blog unas palabras para Daniel. Debo decir también, que el día en que sufrí un asalto en Bogotá, mientras tenía un revólver en mi espalda, pude sentir su presencia, tal vez por eso también estoy en deuda con él. A continuación leerán las palabras de su madre, aunque editadas por mí, sobre su viaje a través de la muerte: desde el momento en que le informaron en el hospital de la partida de su hijo, hasta dos meses después, enfrentándose a los dolores propios de una pérdida inmensa e irreparable...

Texto: Luzmiryan Prieto

Edición: Margarita Be


Comentarios

  1. No hay una solo palabra que consuele a una madre que a perdido su mayor regalo "un hijo", quizás la vida tenga marcado ya nuestro destino, pero como mata lentamente la agonía de vivir sin un hijo. Mujer maravillosa espero y anhelo logres encontrarte nuevamente con Daniel, por ahora brindale a esos hijos que te quedan el amor inmenso que tienes. Dios en su misericordia dará días donde la presencia de Daniel se sienta a tu lado y te acompañe en los Despiste que vives

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