Cuando los sapos bailen flamenco


S
alí para el colegio a las seis de la mañana. El aire estaba lleno de neblina fría y no había una sola persona caminando por el pueblo. Unas calles más adelante, me encontré a Aleida. Era mi profesora preferida y me abalancé sobre ella para abrazarla. Después del abrazo, Aleida me tomó de la mano y me miró con curiosidad:

—¿Vas solita para la escuela?—, asentí. —¿En serio? entonces acompáñame "allí" y después te llevo—. Me dijo halándome hacia un lugar desconocido. Caminamos unos diez minutos y entramos a un salón enorme de paredes beige con piso de madera encerada. Había entre diez y veinte personas pero por mi estatura, no podía ver la cara de ninguna. Me llamaban la atención sus pantalones, medias veladas y zapatos: casi todos negros de charol. Parecía un evento elegante y todos hablaban susurrando. Cuando llegamos a la mitad del salón vi una base de metal que sostenía a un cofre blanco como de mi tamaño. A pesar de no entender nada, me parecía que algo muy serio pasaba en ese lugar. Esa misma tarde, después de colegio, desde el balcón de mi casa vi pasar una procesión: las calles estaban inundadas de gente vestida de negro y la banda sinfónica del pueblo tocaba una melodía triste. Aquellas notas se mezclaban con la canción "Cuando los sapos bailen flamenco" de Ella baila sola, que sonaba en la emisora e inundaba la sala de mi casa. De entre la multitud sobresalía el mismo cofre blanco que había visto ese día por la mañana y los gritos y sollozos desesperados de una mujer. En ese instante recordé la conversación que había tenido la profesora Aleida con otro hombre en ese salón frente a mí: —Profesora Aleida ¿cómo me le va? —Pues Julito, muy triste... —Sí señora no lo podemos creer ¡eh ave María!. —¿Ya se supo quién le disparó? —No, parece que fue por ajuste de cuentas. La mataron por matarlo a él. —Pero, ¿murieron ambos? —Sí, al papá lo suben ahora a las nueve. —¿Pero por qué a la niña, Julio? —La niña no era el blanco Aleidita, a la niña la atravesaron las balas que impactaron contra él... decía que le dolía mucho la barriguita... pobrecita niña. En aquél momento no pude atar los cabos. Me tomó varios años comprender el significado de ese día que me marcó especialmente, y que hasta hoy no he logrado borrar de mi memoria. Estoy segura de que me acompañará para siempre la imagen del féretro blanco flotando sobre ese mar de personas, la cara de desconcierto de quienes lo cargaban, y la verdad que presencié ese día y reafirmé con el tiempo: Historias como esa, eran el pan de cada día de mi país. Lo eran cuando tenía ocho años y lo siguen siendo hoy, veinte años después. Aquella canción de Ella baila sola, como una casualidad espeluznante, auguraba y perpetuaba una realidad innegable de Colombia: ¿cuándo cesará la violencia? ¿acaso será cuando los sapos bailen flamenco?...




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