Anatomía de un beso cósmico


Te sientas a mi lado, nos acercamos un poco y me miras. Te miro de vuelta y dudo, pero una línea imantada sale de ti y hala mi cuerpo hacia el tuyo.

Nos miramos como preguntándonos qué es lo siguiente. Entonces te acercas y en un beso tímido se resuelve la incógnita. Me aparto, miro al suelo y tiemblo, “mejor no” te digo y lo aceptas. Me arrepiento de inmediato. Sé que de haber seguido sucedería algo místico y caótico.
Lo meditamos por un segundo y una vez más te acercas cómo rehusándote a dejarnos. Me vence tu ser, nos comemos con las pupilas. Nuestra distancia se reduce y caemos atrapadas en nuestras bocas. El suave movimiento de tu piel sobre la mía me conecta conmigo misma. Me besas por dentro y me recuerdas que tengo espíritu.
A través de tu saliva, que viaja por mi sistema, me fusiono contigo y te exploro profundamente. Tu aire se cuela en mí y siento tu alma en mi pecho. Te respiro con el corazón estallado, me comunico contigo en ese silencio profundo que nos simbiotiza y me confiesas tu amor sin palabras. Te escucho como un eco, como una onda en medio del agua: silenciosa, potente e infinita y sabes delicioso, podría desayunar almorzar y cenar tu boca. Podría beber tu lengua y respirar tus labios. Podría morir allí mismo y continuar viviendo… y muriendo... en un ciclo infinito. Tu boca eterna me convierte en un remolino de emoción en el viento. Soy una explosión en el universo, en el vacío del tiempo… solo existe mi pecho y tu alma en medio que revienta y me revive.

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