Historias de Internet: La chica transformer


Sospechaba que me gustaban las mujeres hacía tiempo, pero nunca había experimentado con ninguna. Sabía que si llegaba a confesarle mi amor a alguna niña del colegio, me iban a expulsar inmediatamente.
El martes en la tarde, después de clases, me senté en la computadora y por pura curiosidad entré al foro de Ares. Un programa que servía para descargar música y videos de forma gratuita y que al final del día, llenaba la carpeta de descargas de más virus que canciones. Al dar click en "ingresar al foro" apareció ante mis ojos un fondo blanco saturado de mensajes en mayúsculas, emoticones apelmazados e imágenes gigantescas hechas con símbolos. Habían cientos o tal vez miles de personas hablando al mismo tiempo de cosas aleatorias sin relación aparente y no pude evitar sentirme saturada y asqueada.
Un segundo antes de cerrar el foro pude digerir de entre todo ese ruido digital un único mensaje: "tengo 15 años, busco amistad (o algo más) con otra chica preferiblemente de mi edad" al final de la frase había un corazón rojo y una carita feliz. La usuaria se llamaba Mónica. Di click derecho sobre su nombre y apareció la opción "chat privado", lo dudé un segundo: "¿y si se asusta? soy un año mayor que ella... aunque soy mujer y quiero una amistad o... ¿algo más?...".
Me arriesgué, clickeé la opción y una pequeña ventana flotante apareció en la parte inferior del foro. 
—Hola :) leí tu mensaje. Me llamo Estefanía tengo 16 años y me gustaría ser tu amiga.
—Hola, mucho gusto ¡yo también quiero ser tu amiga! <3
Mónica vivía en Bogotá. Estábamos separadas por casi cinco horas de carretera, pero de todas formas yo solo quería navegar por Internet y entretenerme un rato.
Primero empezamos a intercambiar nuestras canciones favoritas, luego nos pasamos fotografías de bandas y escenas de películas y finalmente de nuestro rostro y cuerpo. Mónica era una niña delgada de ojitos claros, cabello rojo y tenía unas pequitas sobre la nariz que se entrelazaban formando constelaciones. Al verla sentí un vacío en el estómago y terminé besando la pantalla de la computadora. Ese día hablamos hasta la medianoche y, poco a poco, pasamos de ser dos desconocidas a mejores amigas entrañables.
Pasaban los días y yo recibía sus mensajes con el corazón derretido y soñaba con darle un beso en los labios pero moría de vergüenza de solo pensarlo. Nunca toqué el tema aunque en un principio ella hubiera escrito que estaba interesada en tener "algo más". ¿Sentirá algo por mí?" me cuestionaba todo el tiempo.
II
Aquél chat privado se convirtió en mi rutina. Cada día después del colegio me sentaba frente a la computadora y hablaba con Mónica la tarde entera hasta que nos íbamos juntas a dormir. Unas semanas después comenzó a decirme que me amaba, me mandaba besos, emoticones con ojos de corazón, flores. Todo tipo de detalles virtuales que se enterraban directo en mi pecho. Cada vez que tenía problemas en el colegio o en la casa, ella estaba ahí consolándome, halagándome y mi afición por su existencia crecío desmedidamente. Intenté convencerla de que habláramos por teléfono pero me decía que su mamá la vigilaba, que era muy estricta y si se daba cuenta de que estaba perdiendo el tiempo conmigo en lugar de dedicarse al estudio, le iba a pegar y la obligaría a salirse del foro para siempre.
Una tarde en medio de nuestra conversación típica no aguanté más y se lo dije: "estoy enamorada de ti y no sé qué hacer". Habían sido meses de esconderme tras una confusa amistad y algo estalló en mi pecho cuando Mónica me respondió que ella también: "sueño con besarte, acariciarte y dormir a tu lado". A partir de ese día nuestra relación se hizo más íntima e intensa. Hablábamos de cómo sería nuestro primer encuentro y nuestro primer beso y qué sentiríamos al vernos, aunque aquello no fuera más que una fantasía. Yo nunca había ido a la capital. Ninguna de las dos tenía permiso de viajar y por si fuera poco nuestras familias ni siquiera sospechaban que éramos gay.
Aunque aceptamos nuestra realidad, en las noches, al irme a dormir algunas lágrimas rodaban por mis mejillas. No podía creer mi mala suerte: no poder rozarla ni siquiera con la punta de los dedos. Sentía que la vida era injusta y cargaba un vacío que solo ella con su presencia podía llenar.
Al cabo de unos días y al enterarnos de que ambas sufríamos la misma tristeza, trazamos un plan infalible: su mamá tenía que ir a cuidar a una tía enferma el sábado 16. Saldría en la mañana y llegaría tarde en la noche. Todavía me quedaban dos semanas para reunir el dinero y comprar los pasajes del bus.
El tiempo, la ocasión, todo concordaba de manera perfecta. Finalmente iba a verla, finalmente íbamos a pasar un día juntas. Finalmente iba a peinar su cabello con mis dedos y llevaría conmigo todas esas mariposas que vivían en mi cuerpo y le pertenecían a ella.

III