Me mudé a España para convivir de cerca con el Coronavirus


Vivir en España en pleno Coronavirus se siente como vivir en un pueblo fantasma de película. No hay una sola persona en las calles, y en las noches, de repente se desatan aplausos de personas que no puedes ver. La ciudad en la que vivo, tiene un matiz opaco y sombrío. Rafael (mi prometido) y yo, salimos a pasear por última vez hace seis días, fuimos al cine a ver El hombre invisible. Al día siguiente el cine cerró y se declaró en televisión el Estado de Emergencia: ninguna persona en toda España podría salir de casa a menos que quisiera comprar cosas indispensables como medicinas o alimentos.


Los últimos días hemos ido a dormir a las cinco o seis de la mañana y despertamos en la tarde. Lo primero que hacemos al despertar es sintonizar las noticias para saber cómo avanza la situación y sentirnos más acompañados. Mientras "desayunamos" y tomamos nuestras vitaminas, nos miramos atónitos. Jamás pensamos que la situación llegaría a este punto (y supongo que nadie), ni que a cuatro meses de vivir juntos nos veríamos obligados a compartir cuarentena por un virus que estaría asesinando a la humanidad. Nos sentimos sumergidos en una realidad paralela. 

Rafael necesita salir de casa al menos unas horas cada día porque de lo contrario le entra ansiedad, sin embargo, ahora nos multarían por hacer eso. Es muy cierto que no valoras tu libertad hasta que no te ves privado de ella. Por fortuna podemos pasear a los perros mientras sea cerca de casa: ahora es nuestra perra la que nos pasea a nosotros. 


DEJÉ MI VIDA EN NUEVA YORK, CIUDAD EN LA QUE VIVÍ POR CINCO AÑOS, PARA VENIR A ESPAÑA, SIN SABER QUE DOS MESES DESPUÉS UNA PANDEMIA SE PROPAGARÍA RÁPIDAMENTE EN ESTE LADO DEL PLANETA. EN PRINCIPIO, CUANDO LOS CONTAGIOS ERAN POCOS, LOS ESPAÑOLES ESTABAN TRANQUILOS, NO HABÍA CAMBIOS SIGNIFICATIVOS EN LAS ACTIVIDADES COTIDIANAS: LOS COMERCIOS FUNCIONABAN CON NORMALIDAD.


Nadie en España se imaginaba que el Coronavirus fuera tan contagioso y que, en menos de dos semanas ya habrían cientos de muertos. Varios periodistas hablaban en Medios llamando a la calma y diciendo que el virus era una simple gripe. Incluso el Gobierno permitió que se llevara a cabo la marcha feminista del 8 de marzo sin imaginar que al día siguiente, el Coronavirus en España alcanzaría un gran pico de contagios. El virus había tomado más fuerza: se propagaba exponencialmente, de cientos pasaron a ser miles los contagiados.

La idea de regresar a Colombia ahora se siente como una utopía. Si por algún motivo, la vacuna se demora un año o más, como algunos dicen, ya cumpliría seis años sin ir a mi país. Estaba planeando ir en los próximos meses, pero esa esperanza se ha esfumado, como si Dios me hubiera amarrado a una soga y halado más lejos de mi familia. Los últimos tres días se me ha dificultado crear: no puedo concentrarme: pensar en ellos, en mi padre que tiene 76 años y mi madre que sufre de hipertensión, me quita la calma. Me preocupa mucho que el virus se dispare en Colombia y llegue hasta ellos.

Mi madre, mi hermana y mi sobrino (un bebé de un año), se encuentran viajando en este momento a un pueblo de Colombia a lo The Walking Dead, para reunirse con mi padre y mi hermano y al mismo tiempo huir del virus que empieza a proliferarse en Bogotá.


Papá y mi sobrinito.


Sobre nuestro estado de salud


Desde hace una semana estoy tomando "Frenadol" las pastillas que se usan para curar la gripe en Europa, tuve un poco de malestar en la garganta, y las amígdalas me estuvieron supurando, pero no fue por más de dos días, sin fiebre y sin tos. Por eso no hemos visto la necesidad de ir al médico. Rafael por su lado está muy sano, tuvo migraña por su trabajo, pero tampoco tuvo fiebre, tos, ni ningún síntoma relacionado con el Covid-19. Aunque entre ayer y hoy ha habido dos mil nuevos contagios y la cifra de muertos llegó a 500, en el departamento en el que vivimos (Asturias) apenas se han registrado 177 contagios. 

Por otra parte, aunque suene un poco extraño y descabellado, me siento afortunada de estar aquí en este momento y no en Estados Unidos. Estoy segura de que en Nueva York estaría obligada a trabajar y a moverme en el transporte público, los americanos son adictos al trabajo y solo una situación extrema o realmente catastrófica los obligaría a cerrar el sex shop en el que trabajaba. Cosa que por supuesto aún no ha sucedido allá. En casa tampoco nos falta nada, en Gijón (la ciudad en que vivimos) aún no hay desabastecimiento: tenemos alimentos, vitaminas, calefacción, agua caliente y hasta papel higiénico y bidé.

Mi preocupación más grande sobre contraer el virus, radica en aquella hipótesis de que puede permanecer en el cuerpo sin mostrar síntomas, y que en el futuro, al viajar a mi país (Colombia), le pueda dar el beso de la muerte a mis padres. Eso sería algo que jamás me perdonaría y con lo que no podría vivir (en el peor de los escenarios). 

Estamos conscientes de que el virus es una amenaza REAL, aunque para muchos países aún no sea palpable y continúe siendo imaginaria. Desde uno de los países más afectados por esta pandemia, lo único que puedo decir es que hay que tomárselo MUY en serio y comenzar a tomar precauciones antes de que la situación de Italia y España se repita en muchos más países del mundo. 

Escribo estas letras, mientras afuera suenan los aplausos que acompañan al himno de España como símbolo de unión y agradecimiento a quienes luchan por detener el virus de la muerte que hoy flota en el aire y se extiende alrededor del mundo: pronto encontraremos la solución, y entonces, esta realidad paralela se extinguirá sin dejar demasiadas secuelas.




 

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