Visitantes del Sex Shop: Cinco historias que te dejarán perturbado



Con ustedes una pequeña recopilación de algunas de las experiencias más creppies que he vivido trabajando en un Sex Shop en la ciudad más diversa del planeta: Nueva York.

1. La mujer del área 51: Me encontraba con mi jefe y un compañero hablando en la parte delantera de la tienda. El sex shop estaba vacío así que no teníamos mucho qué hacer. De pronto, entra una mujer de estatura media y ojos azules: Viste gabardina, jeans y tiene el cabello recogido. Camina unos pasos y se para en frente de nosotros: luego empieza a vernos a uno por uno sin decir palabra y clava la mirada en la pared que está a nuestras espaldas. Se queda tiesa, no mueve un solo músculo: está congelada mirando al vacío con los brazos rígidos a los costados de su cuerpo y las piernas totalmente juntas. Confundidos, nos miramos entre nosotros: ninguno reacciona.
¿Señora, necesita ayuda?, le pregunto tras unos segundos... Sigue sin responder. Nos volvemos a mirar. Esta vez mi compañero se acerca: ¿Señora, se encuentra bien?.  De repente, como si le hubieran apretado el botón de encendido, sube la mirada al techo y dice: ¡nos observan, saben que estamos aquí, nos tienen controlados, somos un experimento! ... ¿qué ha dicho?... estamos un poco traumados, no sabemos qué hacer. Mi compañero le sigue la corriente: es difícil, lo sabemos, le responde. Ella se gira y lo mira con desprecio: eres una persona asquerosa, un bulto de mierda, le dice a los gritos. Allí me molesto. Me paro a su lado y le digo que tiene que retirarse. Me clava sus ojos azules repletos de odio: ¡todo este lugar se va a ir a la mierda!, grita, ¡soy ciudadana americana y parte de la organización que controla el Área 51!. Le respondo que no me importa una mierda y que tiene que irse. Me mira con muchísimo más odio y asco. Veo la furia amontonándose en sus pupilas. Se me acerca tanto que puedo oler su aliento: alcohol puro. Quiere golpearme, veo que va alzar su puño, entonces doy un paso atrás y tomo el palo que usamos para bajar los productos que están muy altos. Empieza a gritar más fuerte: sus palabras se vuelven incomprensibles, le doy la espalda y le digo que llamaré a la policía, que ojalá se quede ahí para que puedan arrestarla. En cuanto termino esa frase, sale corriendo por la puerta. 

Tomado de express.co.uk
2. El tullido del látigo: Hace unas semanas nos llamaron de otra de las sucursales preguntándonos cuál era el látigo más largo que teníamos. Encontramos uno de 5 pies (unos 152cm). Tras confirmar que sí se trataba de lo que estaban buscando, nos informaron que un hombre iba a ir a recogerlo más tarde ese día. Una hora después, aproximadamente, entró por la puerta un hombre flaco, con unos pocos parches de pelo en la cabeza y la mandíbula desencajada. Parecía que le costaba mucho moverse, incluso llevaba un bastón y las manos le temblaban. Preguntó por el látigo, le dije que me esperara mientras iba por él. Se lo entregué: lo tomó en sus manos mirándolo con devoción: como quién ve a una criatura mitológica fosilizada. Lo acarició detenidamente con las yemas de sus dedos temblorosos sin dejar de verlo ni un segundo. Sus ojos, de por sí saltones, se abrieron más. Es perfecto dijo, luego dejó el bastón a un lado, giró el cuerpo y agitó el látigo de forma majestuosa: la larga trenza de cuero hizo una onda perfecta y sonó como la patada de un karateka en el aire. Luego nos miró a mí y a mi compañera y dijo con una sonrisa maqueavélica: ¿lo vieron?, y lo peor es que nadie se imagina para qué lo voy a usar. Su frente estaba llena de gotas de sudor y las manos parecían temblarle aún más. Me dejó su tarjeta y me dijo que si encontraba uno más largo lo llamara porque lo iba a comprar sin importar el precio. Tengo que admitir que estuve a punto de preguntarle qué uso le iba a dar, pero me contuve: una fuerza extraña no me lo permitió. ¿Para qué crees tú que lo habrá usado?


El látigo que utilizó
3. El hombre del espejo: Al menos una vez al mes, recibimos la visita del hombre del espejo. Su paso es corto, pero siempre muy memorable. Tiene aproximadamente 35 años y es de aspecto hispano: ojos negros, cabello rapado marrón y tes trigueña.  Generalmente llega en horas de la tarde y abre la puerta de un empujón: con actitud. Nos mira fugazmente y se aleja caminando por el pasillo del medio hasta llegar a una columna situada justo en la mitad. La columna separa a la sección de vibradores de alta gama de la de plugs anales y está toda forrada en espejo. Se para justo en frente observando su propio reflejo. Analiza la imagen embelesado, luego se peina y ladea la cara, deteniéndose en cada uno de sus ángulos. Se pone de frente otra vez y empieza a decirle cosas al espejo sin hacer ruido: solo mueve los labios (hasta la fecha no he podido descifrar qué es lo que dice). Luego, se gira de nuevo y camina de vuelta hacia la entrada: sus pasos se hacen sofisticados y seguros. Mueve los brazos con actitud mientras nos mira fijamente: ha confirmado, una vez más, su belleza. Con el tiempo descubrí que el hombre del espejo debe ser ignorado para que pueda fluir tranquilamente. Si se le sostiene la mirada se pone muy nervioso: frunce el ceño y mira desafiante. Una sola vez hace tiempo, nos habló tras quedarnos mirándolo: ¿WHAT? preguntó subiendo la voz... Ha ido decenas de veces a la tienda, y siempre, absolutamente siempre, hace el mismo recorrido. 

El espejo en la columna
4. Jesucristo el vengativo: Una tarde se abrió la puerta e ingresó un hombre que vestía una bata larga café, una mochila deportiva y chanclas negras con cierre de velcro que dejaban ver sus dedos callosos y unas uñas llenas de tierra. Era bastante alto y tenía el cabello negro enmarañado. Se paró justo en frente mío: lo miré a los ojos y le di la bienvenida. Luego me saludó muy educadamente. Tras unos segundos de silencio irrumpió con una pregunta: ¿puedo pedirte un favor? lo pensé por un micro-segundo: ¿qué sería lo peor que podría pasar? el hombre se ve educado y parece tranquilo; adelante, pregúnteme—, le dije. Primero que todo gracias por decir que sí, prosiguió: la verdad es que soy Jesucristo. He venido como tanto lo prometí. Volví a la vida hace poco y al verte noté que eres una buena mujer. ¿Me estás jodiendo?, me quedé en shockQuiero, prosiguió, hacer justicia. Estoy preparando mi venganza contra aquellos que me asesinaron... ahora mismo en mi bolsillo tengo 30 monedas de plata. El favor que te pido es que me ayudes llamándolos y con algunas tareas que te encomendaré, luego te daré las monedas... ¿W-h-a-t  d-a  f-u-c-k?. 
Enmudecí. Al ver que no dije nada, agregó que el castigo solo iría dirigido a los hombres. Las mujeres estaban "a salvo". Claramente no logró arreglar mucho con esas palabras... Con la poca estabilidad que me quedaba le respondí que lo sentía pero no podía ayudarle. Después de mi respuesta aceptó tranquilamente y se inclinó ante mí. Me agradeció por haberlo escuchado y luego se fue sin insistir. A veces me pregunto cuál hubiese sido mi destino si le hubiera dicho que sí... supongo que si es Jesucristo, el de a de veras, ese fue mi pasaje directo al infierno. 

Tomado de demotivaciones.es

5. La niña Otaku: De este grupo, la niña Otaku es la única cliente frecuente de la tienda. Tiene los ojos rasgados y la piel morena, y es más bien rellenita. Siempre viste de negro, además de pintarse los labios de morado oscuro. La llamamos así porque a pesar de ser mayor (tal vez 30 o 35 años) siempre lleva una mochila repleta de muñequitos de animé: gatitos voladores, cabecitas de Saiyajin, ojos de Shinigami y otros seres sacados de la imaginación japonesa. Tiene una extraña y cautivante mirada y una capúl (de burrito) muy muy corta. Sus ojos son profundos y vacíos al mismo tiempo y no habla jamás. Incluso cuando le haces preguntas nunca responde, solo se te queda viendo fijamente con una sonrisa en la cara, como inspeccionándote el alma. ¿Te gusta éste? no hay respuesta, ¿lo quieres ver? no hay respuesta. Sin embargo te mira a los ojos en silencio por varios minutos: debo admitir que es un situación bastante incómoda. Cuando llega a la tienda generalmente agita su mano para que vayas a donde está, y una vez te acercas, solo mira a los productos muy detenidamente hasta que encuentra alguno al que ve por más tiempo que a los demás. Usualmente ese es el que compra. La niña Otaku, además, gasta muchísimo dinero: siempre compra juguetes de más de $100 dólares. Supimos que no es muda porque un día vino con un juguete roto. Se paró en la registradora, en frente nuestro, y dijo en frases largas y perfectamente coherentes, que estaba roto y no sabía qué hacer para que volviera a vibrar.



Y así llegamos al final...

PS: Me faltan un par de pervertidos sexuales. ¡Se los debo para la próxima!. 


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4 comentarios:

  1. Todos los que trabajamos en retail nos sentimos completamente identificados con esto. Yo tengo una hoja con mi top 3 de los clientes más extravagantes y sacamos la hoja cuando debemos actualizar el top.

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    1. <3 <3 me muero por ver to top 3!!! por favor <3, eres luz...

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  2. Me reí mucho leyendo tus historias, recorde que entre tantos sustos y anecdotas se escondia la parte cheveré del trabajo.

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IM: @margaritabeblog