¿Qué piensan los suicidas antes de morir?

Ilustración: Henn Kim.

Anoche me suicidé. Tenía un montón de problemas y finalmente lo decidí. Estaba en un rascacielos, parada en la ventana. Miraba hacia afuera y era tal la altura, que solo podía ver el vacío. Ni siquiera alcanzaba a distinguir el color del suelo. Sin embargo quería saltar, lo anhelaba con todas mis fuerzas; abría la ventana que iba del piso al techo, ponía el primer pie en el borde, y ahí, en ese instante, como un bicho que llega de la nada y se posa sobre tu hombro, me asaltó un miedo. Un único y colosal miedo: ...fracasar.

Recordé a esos que sobrevivieron milagrosamente. Se dispararon en la boca deseando perforarse el cerebro y la bala les salió por un ojo. O cayeron de alturas inconcebibles y solo se partieron unos huesos o en el peor de los casos la columna, quedando paralíticos. Entonces, cómo una epifanía divina, entendí que quién tenía la última palabra sobre mi muerte, era el mismo que tuvo la última palabra sobre mi nacimiento: esa fuerza enorme que no podemos entender: Dios, El Universo, Alá, Visnú, el Rey del Cosmos, como lo quieras llamar. A la larga, toda decisión tiene un sello de aprobación proveniente de un sitio al que no podemos acceder. Lo había descubierto: quienes tuvieron éxito suicidándose, habían sido respaldados por Dios. 

Si a esa magia enorme que rige la vida no se le da la gana de aprobar tu suicidio, no se aprueba y punto, (lo que en parte, hace menos grave todo esto de matarse). Y por supuesto, si aquella fuerza lo decide, tienes que seguir viviendo medio destrozado, cojeando, patecumbia, quién sabe. O con la mitad de tu cuerpo averiado. Ya sean las piernas, o el cerebro, o una pierna y un brazo del mismo lado. Sufriendo y causando a los demás un sufrimiento peor del que ya padecías y tenías posibilidades de cambiar, y lo peor de todo: cargando con la vergüenza de ser un suicida frustrado.

Porque seguramente fracasar en el suicidio sería el peor fracaso que podría experimentar un ser humano. Bien lo decía Bukowski, "El suicidio me daba cierto grado de alivio. Era como tener la puerta de la jaula un poco abierta. Siempre existía aquella posibilidad de escape". Pero cuando fallas, cuando fracasas en suicidarte, ¿qué más queda?, sacas valor de donde no lo tienes y reúnes todas tus fuerzas ¿y qué más queda?... es como si la puerta de la jaula se cerrara un poco más. ¿Se puede llegar a ser tan valiente dos veces?. Mi respuesta es no. Ahí está mi fallo: tengo una resistencia demasiado baja al fracaso. No sé insistir. Me sentiría muy avergonzada de fracasar suicidándome... sería como fracasar en el último chance que me dio la vida de tener éxito en algo. ¿Ni siquiera puedes morir bien, entonces qué puedes hacer bien? 

Volví a mi realidad, observé el salón blanco detrás de mí, giré la mirada al frente, vi los demás rascacielos que tapaban los rayos del sol y oscurecían la atmósfera. 

Bah, no voy a fracasar, está altísimo. Ni de verga me salvo, -pensé-. 

Acerqué el otro pie, ambos quedaron al borde... con las manos me sostuve del marco de la ventana y mi espalda comenzó a arquearse hacia adelante. Volví a mirar hacia abajo, mi corazón se aceleró, mis manos se empaparon, temí otra vez...  ¿y si no logro caer de cabeza? ¿y si no muero instantáneamente y quedo consciente en el piso, desesperada, temiendo que la gente venga a auxiliarme y los morbosos se conglomeren alrededor, saquen los celulares, cuchicheen entre ellos mientras yo sufro dolores terribles y convulsiones por los reflejos de mis membranas reventadas?... ¿Qué tal si el castigo para quien acaba con su vida es sentir ese mismo dolor, esa misma angustia perpetuamente?... como si alguien desmembrara tu cuerpo una y otra vez cada minuto para siempre... podría ser real ¿por qué no? nadie puede decir que estoy loca y esto no es una posibilidad, porque sencillamente nadie lo sabe.

Di un paso atrás, luego otro. Me alejé de la ventana. Me rasqué la cabeza totalmente confundida... tenía un dilema. 

La siguiente idea se presentó como un rayo iridiscente ante mis ojos: ¡estamos en un juego de realidad virtual!, ¡eso es!, tal vez mi mente está conectada a un sitio ubicado más allá de la materia y los pensamientos, y en ese lugar nos esperan seres iluminados. Están allí desde hace siglos, deseando que tengamos la valentía de romper el universo virtual que nos crearon, y entonces, al exhalar el último respiro, despertaremos en un paraíso luminoso lleno de todo eso que amamos... cuerpos indoloros, comida exquisita, jacuzzis con burbujas y champaña ilimitada y un clima precioso, perfecto. Como un orgasmo constante y potenciado. Todo en recompensa por haber descifrado el misterio de la vida: una ilusión que debías tener los cojones de romper....

Decidida volví a caminar hacia mi muerte. La ventana seguía ahí, esperándome deseosa de ser atravesada...  Me imaginé cayendo, flotando en el vacío y al viento golpeándome la cara y abriéndome la boca, metiéndose entre mi pelo y en mis párpados; y luego, ese agujero en el pecho que debes experimentar cuando caes a más de dos mil pies de altura y recuerdas que estás próximo a sentir el dolor más brutal de tu existencia: el de tu cuerpo destrozándose, muriendo... 

Seguir cayendo y cayendo sin llegar a ninguna parte, sin poder gritar porque el viento se traga tus gritos y de todas formas no hay nadie que te escuche. Te conviertes en un simple objeto suspendido entre la gravedad y el vació... y de pronto, esa es tu realidad... y nunca aterrizas. Bien dicen que cuando vives un calvario, aunque sea por un segundo, se siente como la eternidad misma... Tal vez ese sería el peor de todos los castigos: quedarme atrapada en el recuerdo de la caída.

La posibilidad de echarme para atrás iba ganando tres a uno. La mente me estaba jugando en contra, ¿o a favor?...

Pero de pronto, se me iluminó el corazón: supe que lidiar con tanta confusión era tal vez lo más difícil de matarse, incluso más que el hecho mismo de morir... Me sentí conmovida por quienes lo habían hecho antes, una capa de agua me nubló la vista. Eran héroes de verdad. Habían derrotado a los demonios del fracaso, del dolor y la incertidumbre para poder lograrlo. Y aún así se les juzgaba despiadadamente...

Eran los cobardes más valientes que habían venido al planeta. Pseudocobardes, pseudohéroes. Tal vez por eso es tan difícil hablar del suicidio. Porque los suicidas no pueden ocupar ningún estereotipo, no están totalmente definidos. No puedes alegrarte por ellos pero tampoco puedes lamentarte porque al fin y al cabo lograron lo que querían. Encierran un misterio que jamás será resuelto: no se sabe si la vida los ha vencido a ellos, o ellos han vencido a la vida...

Entonces lo comprendí. Cerré los ojos, silencié la mente, aflojé el cuerpo... No sé muy bien qué fue lo siguiente que sucedió.





En memoria de todos los suicidas.

FIN
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4 comentarios:

  1. A veces también pienso en el suicidio como una alternativa. A veces me digo a a mi mi mismo, "si la cosa se pone muy densa, pues me suicido" Pero que va, no soy capaz.
    Espero algún día tener el valor, ahora lo que me frena es mi madre. Tanto que se fregó en la vida para que yo estuviera y bien y ahora un hijo se le mata, no soy capaz de darle ese dolor.

    Cuando me fui a USA pensé que allá iba a ser fácil porque los edificios eran muy altos, pero que va! en Boston estuve en uno muy alto, y no pude encontrar una fucking ventana abierta. Todo el edificio de cristal y ni una sola vía de escape. De seguro los arquitectos ya lo saben, y le joden la vida a uno que se quiere matar rapidito.

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    1. Yo creo que suicidarse, si se tiene voluntad, es sencillo; lo difícil es para aquellos que se quedan extrañándote...

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IM: @margaritabeblog