A la mierda mi trabajo, me dedicaré a lo que amo


Llevo ya siete días descansado. Pedí vacaciones en mi trabajo porque me sentía muy asfixiada. Y no se trata de mis compañeros, (en realidad los adoro, son mi única familia en Estados Unidos) ni de mis jefes: no son malas personas, y no están todo el día encima queriéndonos exprimir el jugo. Trabajo en una tienda sexual, vendo vibradores, lubricantes, babydolles, vaginas y dildos (estoy preparando un post para contarles sobre eso).

En realidad es un trabajo entretenido y muy muy relajado. Pero desde hace unos meses me he estado sintiendo como si cargara dos toneladas encima. Se me dificulta moverme y trabajar con el mismo entusiasmo, y creo que es porque siento que no estoy haciendo lo que amo. He sido tantas cosas... he sido locutora, floristera, modelo, aseadora, periodista, recepcionista, cajera de supermercado, vendedora. Tal vez ya llegué al tope de trabajos para los que no nací, quién sabe. 

Después de esta semana de descanso pude concluir que escribir y diseñar es lo único que amo hacer (como profesión). Pude haberme ido a cualquier lado, pude emborracharme, salir de fiesta y acostarme con siete tipos (uno por día) o incluso catorce. Pero no. Me dediqué a escribir. A desarrollar mi marca. Me dediqué a volver a lo que amo y de lo que había estado tan alejada por el estrés y la rutina.

Mi trabajo me hace sentir que cada día pierdo inteligencia, mi trabajo me hace sentir que mi cerebro se ahoga, mi trabajo me hace sentir que me vuelvo conformista, perezosa, que ya no tengo ideas. En mi país me pagaban por escribir, era periodismo (lo que estudié), no es lo mismo que la escritura creativa, pero me pagaban por eso. Aquí, a pesar de mi “talento” me resulta complicado encontrar oportunidades, por eso estoy abriendo una versión en inglés de mi blog. Así tal vez los americanos me tomen más en serio.

Sé que voy a renunciar pronto aunque tenga miedo y todos me digan que estoy loca, que debo encontrar algo seguro primero. Los humanos disfrutamos de transmitirnos miedos los unos a los otros porque así nos sentimos menos fracasados cuando no nos arriesgamos.

La Renta

Esta es la parte más temida por los neoyorquinos en general, la renta en esta ciudad, sube tanto como sus rascacielos. Incluso en áreas como Queens que antes eran muy baratas, ahora un cuarto puede costar hasta 800 dólares el mes.

Desde que vivo sola, gasto más de la mitad de mi sueldo en pagar la renta. Pago más de mil dólares al mes por un pequeño apartaestudio que comparto con mi perrita: Iris. Y no me estoy quejando, para nada. De hecho amo mi hogar, siento que es una cueva mística y luminosa. Que durante la noche, en un encuentro misterioso entre esta dimensión y la otra, me recarga de la energía que necesito para seguir creando.


Mi cueva mística
Iris en la cueva mística
Solamente no quiero despertar con treinta años y saber que aún no he hecho nada por mí misma, que me abandoné y me quedé estancada, sin logros personales. Andrés Caicedo, es en gran parte el culpable de mi preocupación: decía que la genialidad se acaba a los veinticinco años y yo ya tengo veintiséis.

Tampoco estoy diciendo que esté vieja (en parte sí un poco) sino que estos años han pasado sin darme cuenta... y sin darme cuenta tal vez despierte un día y sea una cincuentona. No quiero abandonar lo que amo y a quienes leen mi contenido por ganar lo que necesito para comer.

No quiero pensar que escribiendo no se gana dinero ni se tiene futuro. No quiero pensar que no soy tan inteligente para poder vivir de lo que amo o siquiera conseguir un trabajo cercano a lo que amo...

Creo que todos los trabajadores del mundo en algún punto de nuestra vida hemos atravesado esta situación, pero cuando estás en otro país, la cosa es diferente. Da mucho más miedo pensar en romper la cadena, tirar la toalla, saltar al vacío, primero porque construir desde cero cuesta mucho más esfuerzo (así es como empiezas cuando inmigras), te aferras más a las cosas que vas consiguiendo por pequeñitas que sean: un buen ambiente laboral, amigos, una espacio donde vivir, las cosas que vas comprando...

Segundo, si te quedas sin casa, literalmente puedes terminar durmiendo en el metro o debajo de un puente: no están tus viejos, ni tus hermanos, ni tu abuelita para recibirte de mantenido con una sonrisa o darte una mano mientras todo se mejora.

Sí, he pasado por esa situación (dos veces). Tuve que dejar mi casa con seis bolsas llenas de ropa, y una mata que se llamaba Lisérgida (eventualmente murió porque no resistió el ajetreo)

Descansa en paz mi bella Lisérgida
Afortunadamente, una gran amiga me instaló en su sofá mientras encontraba un lugar decente dónde vivir. Por eso, no hay nada más cierto que, cuando viajas, tus amigos, incluso tus conocidos, se convierten en tu familia.

¿Y saben algo? ya me senté a llorar en un andén mientras buscaba trabajo, ya me quedé sin casa en pleno invierno, se me ha hecho el cuero más grueso, ya no me caigo tan fácil. Ahora la diferencia es que tengo cama, sofá, lámparas, comedor, Iris. Mejor dicho, eso no me cabe en el metro, entonces si me quedo sin pagar renta, me tienen que sacar con camión y policía...

(Por supuesto espero no sea el caso)

Muchas gracias por leerme amigos...

PS: Usted que sí tiene a sus viejos, sus hermanos y su abuelita, que lleva años quejándose de agotamiento, que se pregunta a diario qué está haciendo con su vida, usted como yo, tampoco tiene ninguna excusa para seguir negándose a lo que ama ¿o sí?

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2 comentarios:

IM: @margaritabeblog