Luciérnagas diurnas


Tengo un gran problema: seis alarmas programadas y ninguna me levanta. Mi idea es pararme de la cama a las 8:30, pero termino haciéndolo como a las 9:30 o 9:45. Me pasa casi todas las mañanas: pego un brinco abrupto cuando ya estoy cojidísima de la tarde. Esa es mi alarma definitiva e intento fracasado por tener disciplina en algo. Todo gracias a un despertar parcial en el que me fundo una y otra vez con mis pensamientos.

Suena la primera alarma a las siete en punto y mi cerebro despierta:

-¡Fuck, las siete!-
Respiro,-¡Ah! me quedan muchas alarmas todavía-
Presiono el botón de silencio y me acomodo.

Se me vienen a la cabeza imágenes aleatorias. Un allegado, algún animal, situaciones, lugares, sensaciones... trato de rescatarlas de mi mundo onírico y unirlas para darles significado. Me pierdo.

Suena la alarma de las ocho, mi mente vuelve a despertar pero mi cuerpo sigue dormido. Reinicia el monólogo:

-¿Qué estaba pensando cuando elegí ese ringtone? Lo odio-
-¡Aquí estoy con los ojos abiertos, ya lo hice! ¿y ahora qué?-
-¡No necesito pararme tan temprano!-
-¿Qué voy a hacer con tanto tiempo?-

Esta reflexión me toma un minuto, o tal vez un segundo, no estoy segura… pero mi nuevo intento por levantarme también resulta en vano.

Entro entonces en un estado combinado entre el sueño y la vigilia. En mi interior creo que estoy despierta pero mi cuerpo sigue entumecido caliente y pesado, hundido en la cama, imposibilitado para moverse. Me sumerjo en un sueño lúcido: aunque veo imágenes, por momentos recuerdo que estoy “despierta”, esa idea me tranquiliza, soy una experta en el autoengaño…

A lo lejos veo al hombre que amo sentado en un prado fosforescente. Tiene una pierna doblada y la otra estirada sobre la hierba - ¡Ahh qué linda imagen!-, percibo el roce de las cobijas. Su mirada es lejana. La dirige hacia un lago de superficie luminosa.

Lleva camisa blanca y pantalones negros. Unos mechones le cubren la frente, pero aún puede cautivarme con la dulce expresión de su rostro. Hay trocitos de luz flotando a su alrededor, revolotean entre su pelo y circundan sus brazos y piernas. Los codos apoyados sobre el pasto sostienen su espalda en el aire y puedo ver nítidamente sus mejillas lisas y las pequeñas comisuras de sus ojos sonrientes, una chispa de amor se me mete en el alma. Justo encima de su cabeza hay un cielo de crema batida con manchas azul celeste.

A su lado, rozándole la piel, se recuesta un oso que medirá unos cuatro metros de largo y quizá otros tres de alto. Tiene un cuello robusto y el pelaje frondoso de un marrón oscuro con mechas color mostaza. Su hocico es corto y su nariz negra y prominente como un trozo de betún. Tiene más cara de perro que de oso, lo digo por sus ojos expresivos y nobles. Cómo si en su interior habitara un ser sabio y benévolo.

El animal lanza un aullido gutural. Puedo ver sus dientes blancos y puntiagudos como perlas pulidas. En su mandíbula cabe tal vez la mitad de mi cuerpo.

Mi amado apenas se inmuta por el sonido, entrecierra los ojos y sigue mirando el lago que comienza a crecer, se vuelve gigante y llena todo el horizonte. El agua hace rebotar el sol en su cara y un movimiento ondeante arrastra sus pupilas. El alivio invade la atmósfera, no hace calor ni frío.

Pienso por un segundo en mi existencia ¿acaso saben que estoy aquí? ¿Y si me ven? Me surge la idea de acercarme a ellos. Lo intento. No pasa nada. No camino, no llego. Como si fuera un espectador observando a través de un cristal.

De repente algo los saca del letargo. El oso, que estaba tumbado en el suelo, recoge las patas delanteras sentándose, y mi amado mueve el tronco y los brazos hacia el frente. Su atención se centra en el cada vez más hipnótico movimiento del agua. Comienzo a ver algo emerger a la superficie: parece un bulto, un morro y cabellos, luego una frente blanca, unos ojos almendrados marrones, le sigue la nariz pequeña y curvada, los labios finos, rojos y acorazonados, soy yo...

Mi hombre suspira una sonrisa, el animal aúlla de nuevo, esta vez con más fuerza y por más tiempo. Ambos esperan expectantes: emerge el torso, desnudo, delgado, brillante. Son luciérnagas diurnas que me envuelven de los pies a la cabeza.

Sus rostros se iluminan con la presencia de mi cuerpo que avanza hacia ellos. Sigo observando -¿si yo estoy allá es ésta mi alma?- El prado comienza a temblar, un polvo dorado surge de la nada e inunda el lugar, el ámbito se vuelve nebuloso, sé que algo va a ocurrir, una explosión se aproxima, ya viene, está a punto…

Mi cuerpo brinca, respiro agitada, me rozan las sábanas -¿si yo estoy aquí, era esa mi alma?-. La luz de la ventana, el espejo… el tiempo. Está todo muy claro, muy muy claro ¡Mierda! ¡Volvió a suceder!


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Texto e Imagen: Margarita Be.
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4 comentarios:

IM: @margaritabeblog