No pude adaptarme a mi país y huí a Nueva York por segunda vez


Parte 2.

Si hay una cosa que aprendí, que me ha enseñado la vida, es que nunca recuperas algo que has perdido. Quiero decir, aunque lo recuperes, no lo recuperarás igual. El tiempo lo habrá cambiado para siempre: pasa con personas, sensaciones y lugares. Se transforman con los años, con los minutos y segundos, aunque en nuestro interior sigan siendo iguales. Es por eso que sin excepción, todos hemos deseado en algún momento poder viajar en el tiempo.

Cuando decidí volver a Nueva York, ni siquiera estaba convencida de hacerlo, pero lo hice; la presión, el dinero, no reconocerme en las cosas que veía, provocó un choque tan fuerte en mí que abordé un avión y lo dejé todo por segunda vez.

(Nota: Si llegaste por primer vez a mi blog a través de este post, debes saber que ésta es la continuación de mi historia. Lo que quiere decir que hay una parte escrita previamente, si aún no la has leído da click aquí. Si ya lo hiciste, puedes estirar tus piernas, acomodarte y continuar conmigo éste viaje. Gracias a ti que me lees.)

Un verano en Nueva York

Esta vez caminé una Nueva York distinta. Me fui a Colombia en plena nevada, había charcos de hielo: en varios caí de culo porque no se ven, se confunden con el pavimento, los pisas y caes al suelo antes de que puedas entender qué fue lo que pisaste. Pero ahora, al bajarme del avión, la frente se me llenaba de agua, quería empelotarme ahí mismo.

Algo que le recrimino a este lugar, es que el clima nunca puede ser neutral: o es extremadamente frío o es extremadamente caliente. Sin embargo todo lucía más vívido: más gente por la calle, más tiendas abiertas, más tráfico, más colores, más qué comprar, más qué mirar, como si los rayos del sol le inyectaran vida a Nueva York.
Verano en Nueva York
Durante el verano, cuando vas en el Subway ves cosas muyyy singulares: pies con cinco dedos o sin varias uñas, mujeres en tacones con las piernas velludas, a nadie le importa. Van demasiado rápido como para que la apariencia sea algo relevante. 

Mi hermana me había advertido que no podía quedarme con ella los primeros quince días. Algo que olvidé mencionar en la primera partees que antes de volver a Colombia de mi primer viaje, conocí a un colombiano con el que tuve empatía. Cuando volví, él me ayudó a conseguir un espacio para quedarme provisionalmente. Era el estudio de un pintor mexicano que sale en revistas y periódicos, expuso su obra en Times Square. El estudio quedaba en un edificio de Brooklyn y estaba lleno de sus cuadros: la mayoría en tonos pastel, con corazones, ojos y estrellas. Así es casi toda su obra.


Pinturas: Claudio Limón
Pude quedarme porque viajaba con su novio a México y se iba justo el día en que yo llegaba. Los conocí por un lapso muy corto, yo entraba al estudio, ellos salían. La verdad son los mexicanos más bellos que he visto, eran altos (como de 1,90cm) rasgos pulidos, sonrisas perfectas y piel muy blanca, Claudio tenía gafas redondas estilo Harry Potter y Juan un bigote negro y espeso, llevaban lo fashion en la presencia.

El lugar tenía las tuberías del piso de arriba expuestas. Dibujaban un laberinto en el techo, y estaban pintadas de rojo. Imagínense: yo, acostada en la cama, mirando el techo con esos tubos rojos retorcidos. Además había un ventanal desde el que podía ver gran parte de Brooklyn. Me sentaba a mirar a través de él en las noches y pensaba ¿qué putas hago aquí? en el estudio de un pintor, con este paisaje en frente (la imagen de Nueva York en la noche nunca decepciona) mi vida es un sueño ¿a qué hora voy a despertar?

Estaba otra vez de vacaciones. Pude conocer Brooklyn muy de cerca (para mí es el borough o zona más newyorkina de Nueva York) no hay grandes edificios como en Manhattan. La mayoría son de tamaño mediano y tienen detalles muy sofisticados, como Art Deco: balcones hermosos y escaleras exteriores que se usan en caso de incendio: las películas dicen que si las ves, es porque estás en Nueva York.


Fachadas de Brooklyn


Por muchas zonas de Brooklyn hay regados cafés estilo parisino y bares irlandeses con acabados en madera, cables llenos de bombillitos y minijardines exteriores con arbustos florecidos para que la gente se siente al aire libre a tomar Budweiser o Blue Moon.

Pub Brooklyniano

Un lugar que no había conocido durante mi primera estadía fue el Jardín Botánico de Brooklyn: hay plantas medio raras, parecen sacadas de Jurassic Park porque son de tamaño exagerado pero bellísimas, las más pequeñas brillan por sus brotes en tonos rosa, verde, amarillo, morado... Ya sabía que me gustan los lugares naturales, pero aquí descubrí que más que un gusto, tengo una necesidad de ellos.

Jardín Botánico de Brooklyn


A los diez días el bolsillo ya me estaba matando, necesitaba un trabajo (la floristería quedó en el olvido, debía hacer algo distinto). El colombiano me ayudó a contactarme con una empresa que tenía contratos con las tiendas más caras de Nueva York: Christian Dior, Versace, Chanel, Bulgari, Gucci…

Me entrevisté con una señora que era la encargada de contratar a todo mundo y me ubicó en Chanel, en un part time (trabajo de medio tiempo) solo iría sábados y domingos.

En Chanel tenía que ofrecer bebidas a los compradores: la mayoría jeques árabes, asiáticos y en general gente con muchisisísimo dinero. Me ubicaron en la principal: Chanel de la avenida Madison, en pleno corazón de Manhattan.


Chanel Madison Ave

Resulta que pocos inmigrantes hablan inglés, ese fue uno de los motivos por los que me dieron el trabajo. El noventa por ciento de los empleados de Chanel hablaba solo inglés o alguna otra lengua extranjera. Nos comunicábamos por celulares empresariales porque Chanel tiene tres pisos y había que estar pendiente de todos los clientes que en su mayoría pedían champaña: la servíamos en unas copas con forma de pirámide invertida, muy altas, traídas de París. La intención de Chanel es que mientras decides si compras los zapatos de $6000 o los de $7000 dólares, te relajes tomando champaña europea.

El ascensor sufría de lentitud y cuando tenía una urgencia bajaba y subía las escaleras con la bandeja llena con unas cuatro copas. Afortunadamente, solo durante el training tropecé y me regué dos copas encima: para tranquilizarme me tomé a escondidas lo que quedó de ellas. Creo que no se dieron cuenta porque me contrataron.

*(El training o entrenamiento es un periodo en el que los empleados aprenden todo lo que tendrán que hacer en su trabajo. Cuando terminas tu training, comienzas sin ninguna ayuda y ahí evalúan qué tan buen trabajador eres. Básicamente te puedes equivocar y no hay problema, pero igual hay que hacerlo bien porque a partir de eso ven si te dan o no el trabajo)

Chanel me encantaba; los empleados eran amables, respetuosos, sonrientes, limpios: es una cualidad importante, créanme. Nueva York es la ciudad de los olores fuertes: en espacios aglomerados puedes olfatear cada cultura, y en lugares como la Main Street en Flushing, donde hay una gran población asiática, el olor a pescado es sofocante, además  hay estaciones caídas que huelen a óxido y orines (principalmente subterráneas). Cuando éstas en una y el tren se demora mucho en pasar, el tiempo se hace eterno. Y es más difícil todavía en verano, imagínense un olor fermentado a orines, óxido y popó de rata entrando por su nariz en forma de aire tibio, uno puede masticar el aroma.

Estación subterránea 


Tenía mi propio bolso Chanel (so fancy) con el celular adentro para comunicarme cuando estaba en alguno de los pisos dando vueltas. Eso era lo más grave: estar subiendo y bajando pisos: en las noches tenía las piernas reventadas, pero no me importó.

En ese momento mi prioridad era hablar inglés. Mi plan era aprender lo mejor posible para poder sacar un buen puntaje en las pruebas y hacer una maestría. Quería un crédito para eso, ya había averiguado cómo y no era mala idea.

Practicando inglés aprendes más que en cualquier escuela. La práctica lo es todo: agudiza el oído y obliga al cerebro a crear frases en tiempo real. Puedo decir que un 60% de lo que he aprendido aquí ha sido escuchando personas utilizar el idioma. Si alguna vez vienen con el objetivo de aprender inglés, les recomiendo que presten muuucha atención a las conversaciones a su alrededor y una vez se sientan listos para hablar, hablen.

Hablen, hablen y hablen tanto como les sea posible (aunque sea muy machetero) ¿qué importa? aquí, de cada diez personas, una es americana, hay infinidad de acentos y conversaciones en inglés roto. Intenten entablar amistad con quienes no saben ni pizca de español, porque si no les comunican sus ideas en inglés, pues sencillamente están jodidos, y ese, es el mejor ejercicio.

El consumismo desde su base

En Chanel pude conocer de primera mano el pensamiento americano: primero que todo son extremamente puntuales (cosa que le hace mucha falta al colombiano) son individualistas y respetuosos con su espacio personal (mientras más distancia guardes y menos toques al otro, mejor) son muy prácticos, prefieren gastar dinero en cosas extra que luego tendrán que botar, a ahorrar dinero y que luego les falte. 

Había vasos y servilletas para un batallón, el agua era marca Evian, la más cara del mercado (traída directamente de los Alpes franceses). Había perfumes de Coco Chanel en cada baño de la tienda (tanto para hombre como para mujer) se preparaban unos tres litros de café al día de los cuales no se gastaban ni la mitad, y al final todo era vertido por el sifón. 

Botábamos también decenas de botellas de agua Evian de las que solo se habían tomado un sorbo (igual pasaba con la Champaña francesa). Los rollos de papel higiénico tenían que estar en la basura cuando iban a la mitad. Siempre el cliente debía ver el rollo entero. No podía haber huellas sobre ninguna vitrina: si algún cliente pasaba las manos y dejaba marcas, instantáneamente había que limpiarlas. 

Los costos de todo, por supuesto, eran alucinantes, cada que veía un vestido de más de $15.000 dólares pensaba con eso puedo comprar media casa en Colombia...

Salía a las seis de la tarde, tenía que atravesar todos los días los rascacielos de las avenidas Quinta y Madison. Durante ese trabajo, por primera vez comencé a sentir que Manhattan me asfixiaba, los edificios son tan altos que no alcanzas a ver el cielo, es como estar dentro de cuatro paredes infinitas.




Como especie de salvación iba hasta Central Park (queda a cinco minutos) para acostarme en el pasto o mirar las tortugas. Pero la verdad es que Central Park es el parque menos natural que conozco: hay muchos prados cercados y demasiadas rutas de cemento.

Me parecía imposible que pudiera haber pasto ahí, en medio de tanta "civilización" luego supe que unos 14 mil metros cúbicos de tierra habían sido trasladados desde Nueva Jersey hasta allá, imagínense la cantidad de volquetas, y eso no es nada, transportaron cuatro millones de árboles hasta el parque para darle el aspecto que tiene ahora, es muy surreal, un parque ficticio, qué cosa tan rara. 
Central Park 

El declive

El único problema de Chanel era que solo tenía dos días a la semana y no dos días cualquiera, era el fin de semana entero, y todos los trabajos aquí exigen disponibilidad de por lo menos un día del fin de semana. (En Norteamérica es muy normal trabajar sábado y domingo: los fines de semana aquí no existen: mientras tu amigo descansa el lunes, tú descansas jueves y Pepita descansa un viernes)

Ganar $9 dólares por hora (por dieciocho horas a la semana) no me alcanzaba para NADA. Eran $620 dólares al mes. Mi más grande alivio era un ángel al que le digo "hermana". Pero no podía dejar de ayudarla, ya estaba viviendo con ella y tenía que encontrar algo URGENTE o el estilo de vida newyorkino iba a acabar conmigo. 

Ningún inmigrante la tiene fácil aquí, no sé por qué quienes están en otros países creen que en USA el dinero nace de los árboles, que se encuentra regado en el suelo o algo así. Hay que decir también que, quienes viajan de vuelta, se avergüenzan de contar cómo consiguieron el dinero. Pero la verdad es que la mayoría de los latinos vienen a limpiar, a asear casas, restaurantes u oficinas, y más si no tienen inglés y son mayores. Se puede decir que quienes sabemos inglés tenemos una ventaja y podemos aspirar a trabajos mejores, por así decirlo.

En fin, Chanel no me permitía acceder a otros trabajos, pero no lo quería dejar. Salía toda la semana a dar vueltas por la ciudad a ver si encontraba un letrero de We need help o Now hiring. Pensé muchas veces en aplicar a algo para mi carrera, e incluso lo hice, pero es complicado si no eres ciudadano americano o por lo menos residente.

Pasaron semanas y la situación estaba cada vez peor, entonces una de las roommates que vivía con mi hermana, me dio el dato de un restaurante de un conocido que recién había abierto en Astoria, una zona de Nueva York que yo defino como la mezcla entre Queens y Manhattan, no hay demasiados edificios pero tiene bares y sitios muy americanizados, además de un buen porcentaje de comunidad latina.

Astoria NYC


Me dio la dirección y me subí al tren de la línea R, iba convencida de que el trabajo era mío. Cuando llegué, vi un garaje cerrado con la dirección arriba… el sitio ni siquiera estaba abierto… un lunes… a las tres de la tarde… ¿cómo no iba a estar el puto restaurante abierto?

Tenía calor, me frustré ¿qué más puedo hacer?... creo que por las grandes expectativas que tenía fue que me decepcioné tanto. Me sentí muy arrepentida de estar en Nueva York, ¿qué carajos hacía en esta ciudad de mierda? dura, densa, cara; en la que las oportunidades se buscan y se sufren. Jueputaa,¿por qué no estoy en Colombia? siendo periodista, con mis amigos, mi familia, con el Chorro de Quevedo y la ciclovía del domingo... me quedaba muy poco de mi último pago, a duras penas tenía para el tren.

Comencé a caminar por Astoria con ganas de abrazar a mi mamá, con la mirada en el suelo, bajo un calor asfixiante; de pronto estaba sentada en un andén llorando. Solo me dedicaba a llorar, ni siquiera sabía dónde estaba. Acepté botando el taco de mi garganta, lo humana y débil que soy. Lo vulnerable que me hacía esa mole de cemento que ni siquiera era mi hogar.

No sé cuánto duré ahí, fueron minutos, creo. Me levanté (en realidad me levantó el calor) me sacudí y me sequé la cara. Seguí caminando, tratando de encontrar una estación de tren para volver a la casa. El sudor se confundía con las lágrimas.

Al ponerme las gafas se me cayeron de la nariz. Estaban rotas. Así me las puse: sosteniéndolas por un lado. Andé una cuadra más y pasé por el frente de un supermercado. El MET Fresh Organic que tenía dos puertas de vidrio y en una de ellas un anuncio que decía We need help. Vi mi reflejo en el vidrio: estaba hecha mierda, me peiné y entré.

Había tres cajas y en cada una, una niña registrando productos, me pareció un lugar bonito, agradable, además tenían aire acondicionado. Le pregunté a una de las cajeras cómo podía aplicar para el trabajo y me dijo toque en esa ventana.

Dentro del supermercado había una pequeña oficina que parecía de espejo, estaba metida en la pared y podían ver de adentro hacia afuera pero no de afuera hacia adentro, una buena estrategia de vigilancia.

Toqué y se abrió una ventana, asomó la cabeza un tipo de pelo negro y ojos verdes, era dominicano. Le dije vengo por el trabajo ¿para qué es?, Cashier, respondió, tiene que llenar esta aplicación. Era una hoja: preguntaban mi edad, fecha de nacimiento, experiencia. En todo dije la verdad excepto en la experiencia. Cuando le entregué la hoja, como si supera de antemano, me preguntó ¿tiene experiencia? Le dije sí, ¿dónde?, en mi país.

Cogió la hoja y cerró la ventana, en ese instante llegaron dos señores más, no sé de dónde habían salido, me preguntaron con acento dominicano de dónde era, Colombia, les dije. ¿Habla inglés?, off course y un poquito de italiano. Se rieron y entraron a la oficina. Cuando me di la vuelta para irme me llamó el primero, el de los ojos verdes ¿tiene algo que hacer?, no, ¿Se puede quedar a entrenar? Claro.

Me pusieron al lado de Vanessa, una niña pequeñita, pero súper ágil, después supe que era la jefe de las cajeras y apenas tenía 18 años. Eso sí, también un carácter de las mil putas, nadie estaba por encima de ella. Me empezó a enseñar todo en su registradora; yo no veía nada, no tenía gafas.

Le pregunté si tenía cinta. Las pegamos y seguí trabajando. A las nueve de la noche me dijeron que me podía ir y yo pregunté que si me podía quedar. A las once cerró el supermercado. Cuando me despedí de todos, el segundo señor, al que le dije que hablaba italiano, me dijo que volviera al otro día. Para el martes en la tarde ya estaba contratada.

Durante esos meses en Nueva York había entendido otras cosas:

1. Los inmigrantes que consiguen dinero son los que se parten trabajando: No sé cómo era hace diez o veinte años, pero aquí no se viene a ser rico, no es cierto que se consiga plata fácil. Hay inmigrantes (en su mayoría mexicanos) que se pasan la vida encerrados en cocinas, no saben decir una sola frase en inglés y viven en condiciones deplorables (hasta cinco en un solo cuarto) con tal de ahorrar. He notado que antes de venir, la gente hace cuentas de lo que va a ganar, mas no de lo que va a gastar y Nueva York es extremadamente costoso.

2. Los latinos nos parecemos demasiado: Tenemos una calidez y cercanía inherente, va en nuestra sangre, incluso lo vi en latinos que nacieron aquí. Nos gusta el romance y divertirnos, somos impuntuales y confiados. Tenemos muuucho que aprender de los americanos, que son tan organizados, puntuales y cautelosos. 

3. Los americanos cambiaron el tiempo libre por los objetos: El consumismo es parte vital de la economía americana: Su éxito recae en la necesidad que tienen las personas de comprar. Comprar se convierte en adicción, no importa si luego hay que desecharlo, lo importante es el acto de sorprenderse con los objetos y adquirirlos, por eso se enfocan tanto en el trabajo: trabajo, gano dinero, compro. Cada vez trabajo más y cada vez compro más. Mientras más se trabaja, más se produce. Mientras más se produce, más se compra.



En el MET Fresh me dieron cinco días de inmediato, incluyendo el sábado. Les pregunté si era posible trabajar solo entre semana y me dijeron que no. Era quedarme en el MET con cinco días fijos, propinas y sueldo base, o volver a Chanel y mis dos días. 

...Renuncié a Chanel al final de la semana.

El trabajo en el supermercado era principalmente frío, como estar dentro de una nevera, me dieron un par de gripas al comienzo y durante todo el día solo quería terminar para recibir el aire tibio de afuera.

Trabajaba con una polaca hermosa, en todo el sentido de la palabra: era muy femenina y amable y medía como dos metros. Una marroquí muy risueña e inocente, y Vanessa, la jefe de las cashier que tenía papá mexicano y mamá colombiana pero había nacido aquí. Hablaba español medio roto, pero nos entendíamos de maravilla. Además de un dominicano que bailaba todo el día en el Deli, era el primo del de ojos verdes, vegano, amigable y muy muy amable. 

Resulta que el señor al que le dije que hablaba italiano era el dueño del Supermercado. Trabajando allá pude ver que entraban muchas personas todos los días y tan pronto llenaban las aplicaciones las botaban a la basura. No nos llame, nosotros lo llamamos.

Además hay gente muy obsesiva con el dinero, se fijan en cada penny como se les dice a los centavos de dólar que se pueden encontrar en el piso y nadie los recoje. Hay quienes compran toda una despensa de alimentos con cheques del gobierno y ancianos muy solitarios que mercan para sí mismos y venden trastos en la calle. También vi matrimonios muy individualistas que aunque van juntos al supermercado, compran y pagan todo por separado. 

En el super estaba bien, hablaba inglés y teníamos tarros para recoger tips al final de la registradora, comencé a conocer el corazón de la polaca. Me enseñó a decir cómo estás= jak się masz y te amo= Kocham się en polaco. Maquillé a la marroquí que jamás se había pintado los labios y entablé amistad con Vanessa: era un encanto de ser humano, un montón de carácter y personalidad en más o menos 1,50cm de estatura.

En el supermercado trabajé cuatro meses hasta el día en que recibí una llamada: era la señora que me había entrevistado para entrar a Chanel:

Margarita la necesito. Me entregaron una nueva tienda de Christian Dior y no tengo a nadie con inglés.

No podía, estaba bien en el supermercado. 

Le ofrezco 11 dólares la hora, tiempo completo y fines de semana libres, tiene que hacer lo mismo que en Chanel...

¡Mierda! en ese momento se mezclaron mil cosas en mi cabeza...

La cuestión es que la decisión que estaba a punto de tomar iba a ser una de las más tontas de mi vida, A partir de ella, pude vivir en carne propia la xenofobia, la discriminación que hasta ese momento pensaba que no existían en esta ciudad...


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