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Renuncié a mi trabajo mi vida y mi país para irme a Nueva York




Parte 1.


Hace dos años, sin saberlo, tomé la decisión más crucial de toda mi vida: vivir seis meses en Nueva York. Quería una aventura, cambiar de rutina, llenar los pulmones con otro aire. Fue la forma que elegí para destruirme y reconstruirme aunque no sabía cómo. Dejarlo todo a cambio de una incógnita era dar un salto al vació con los ojos vendados. 


Saqué todos mis ahorros: compré los tiquetes y dos maletas, luego, renuncié a mi trabajo como periodista en Radio Santa Fe. Mis compañeros me organizaron una despedida. Era un trabajo increíble, me pagaban por escribir y me rodeaba de seres con verdadera calidad humana. Iván, quien me enseñó todo sobre periodismo digital, mandó a hacer una torta con una mariposa y me dijo: Margarita, no vuelva, aquí no hay nada. Lo que quedó de mis ahorros, mi liquidación de un año y mis censantías, se convirtieron en dólares.


Éxitos Margarita
La semana previa al viaje me despedí de todos mis amigos. Uno por uno, fui a tomar café con algunos y a compartir una cerveza con otros. 

Sin planearlo, el último día le tocó a él (el que vuela). No quisimos separarnos hasta la madrugada. Nos quedamos dormidos pero mi cerebro despertó para recordarme que me tenía que ir. Me levanté suavecito para no despertarlo. Lo cobijé, lo miré dormir por un rato, le acaricié las mejillas y le di un beso en la frente, pensé esto es amar, luego llamé un taxi y salí con mucho cuidado de no hacer ruido. Me subí al carro deseando no haberme despertado. No lo he vuelto a ver.

Miré el reloj: 2:00 am. Cuando llegué a la casa todavía tenía dos horas para dormir antes de subirme al avión. En el aeropuerto me puse nostálgica, mi mamá no contuvo las lágrimas y papá con su fortaleza inherente me dijo que no podían acompañarme hasta el abordaje. Se perdieron entre la gente y a mí me empezó a doler el pecho, pero luché contra mí misma y pude abordar sin derramar ni una lágrima. 


La llegada

En Nueva York me esperaba mi hermana que se había ido cinco meses atrás. La primera semana quemé mi faceta turística, fui a todos los lugares que ves en las películas: la Estatua de la Libertad, el Ferry, el Brooklyn Bridge, Times Square, El Museo de Historia Natural, etc. 

La segunda semana comencé a trabajar en una floristería. El dueño era un amigo de mi hermano que me tendía la mano para ese momento. Tenía una personalidad muy enérgica y divertida, pero tiempo más tarde comencé a conocer otras facetas suyas: Exigía de más a sus empleados y tenía una mala relación con ellos. Tal vez ustedes (como yo en un principio) piensen que es un trabajo fácil, pero estar diez horas de pie, cargando contenedores llenos de agua y limpiando a cuchilla tallos repletos de espinas, no es sencillo. Me  pagaban a $8 dólares la hora cuando el salario mínimo era $8.75. El único momento en que podía sentarme era cuando entraba al baño, estiraba las piernas y la espalda, me lavaba las manos cortadas y pensaba: ¿qué hago aquí?. Otras veces lloraba hasta que volvía a salir y otras intentaba respirar imaginándome en una burbuja de luz, eso ayudaba a calmarme. Cuando llegaba a la casa tenía que meter las manos en agua caliente para poder sacarme la tierra de las uñas y curarme las cortadas.

Almorzaba entre 5 de la tarde y 7 de la noche, siempre lo más rápido que me fuera posible porque era tiempo que me estaban pagando, la tienda perdía dinero si yo almorzaba despacio. Otras veces cuando había bodas o grandes eventos, me quedaba hasta la 1 o 2 de la mañana trabajando sin recibir extras. Desafortunadamente, luego de haber vivido aquí, confirmé que los humanos más fuertes siempre sacan provecho de los más débiles; no importa la cultura, no importa el lugar, no importa cómo... en esta ciudad te tiran muy duro si eres nuevo (más tu propia cultura) y se aprovechan a toda costa de tu poco conocimiento acerca de los pagos y el trato que debes recibir. Sin embargo yo estaba agradecida, ganar $250 dólares a la semana me parecía una buena suma comparada con lo que obtenía en Colombia a cambio de ejercer mi carrera, pero la verdad, era demasiado poco para llevar una vida en Nueva York. 

Aquí el costo mínimo de renta por una sola habitación es de $600 dólares el mes, $2.75 para un trayecto de tren y $10 dólares mínimo por almuerzo. Sin embargo, todos me decían que iba a ser extremadamente duro conseguir otro trabajo y más para la fecha en que yo llegué: vísperas de invierno, y no cualquier invierno, fue el más frío de las últimas décadas.

Recuerdo especialmente un día que estaba en la floristería llenando baldes con agua porque venían en camino nuevas flores. Salí a recibirlas con las manos todavía húmedas, agarré los branches y de pronto empecé a notar que mis manos se adormecían. Las miré, se estaban poniendo muy rojas, luego vi que dos de mis dedos ¡plop! se inflaron, ahí comencé a sentir muchísimo dolor y caí en cuenta que se estaban congelando, corrí al baño a lavarme con agua caliente. Poco a poco fui recuperando la movilidad hasta que pude trabajar otra vez. Ese día supe que morir congelado debe ser una tortura.


Fotografía que tomé durante ese invierno.
Aprendí a crear micromundos

También aprendí a elaborar Terrariums, se trata de llenar unas delicadas burbujas de cristal con plantas, caracoles, piedras, trocitos de madera. Para mí era como crear micromundos ahí dentro. Hice unos una vez y a mi jefe le gustaron tanto que desde eso me hacía en la parte de atrás de la tienda y me dedicaba solo a crear micromundos. Tomaba la burbuja de cristal y le ponía rocas de colores en el fondo, luego tierra para sembrar las miniplantitas y una vez sembradas les ponía conchitas en miniatura, musgo, arena... me gustaba la idea de crear playas o bosques en espacios tan diminutos. Quienes los compran, los cuelgan del techo como si fueran gotas de lluvia llenas de vida. 

Algunos de mis micromundos:





Cuando salía de la floristería iba sola a caminar, estaba impresionada por la cantidad de culturas que veía a mi alrededor, la alucinante arquitectura de Manhattan, lugares como Greenwich Village (mi favorito) y Williamsburg en Brooklyn. Había jazz en cada rincón, un espectáculo impresionante para mis sentidos. Me sorprendía también la extraordinaria cantidad de lenguas que puedes escuchar en un mismo día, el río Hudson y al fondo los rascacielos llenos de luces, ver el cielo clarito a las siete de la noche en otoño, y en total penumbra a las cuatro de la tarde en invierno. Solo podía estar agradecida.

Williamsburg (Brooklyn)


Gay Street (Greenwich Village)
Otra de mis más hermosas serendipias fue el cementerio Woodlawn,  uno de los pocos lugares de esta ciudad en los que ves solo árboles y ni una sola persona,  es muy relajante ir, al menos para mí. Aquí la energía es muy densa y todos los lugares están atestados, pero Woodlawn tiene unos paisajes inigualables y no hay mosquitos como en los cementerios colombianos, además, la arquitectura es sorprendente. Es muy paradójico que en Colombia todo es muy natural y puedes encontrar cementerios de puro cemento como el Central de Bogotá, mientras que aquí todo es cemento y el único lugar natural que puedes encontrar es el cementerio. En fin, Les recomiendo ir si alguna vez visitan Nueva York.  



Woodlawn Cemetery
El contacto extranjero

Entré a una escuela en Manhattan y ahí conocí a un gran amigo que había venido con su novio y con quien empecé una vida de desenfreno newyorkino: fiesta, eventos, alcohol y contacto intercultural, salíamos con gente de todos los países: comencé a descubrir que mi nivel de inglés era mejor de lo que yo pensaba.

En esa misma escuela conocí a un argelino que la verdad se veía 100% occidental. Su forma de vestir, hablar y pensar era completamente normal para mí, incluso decía que no practicaba su religión (musulmana) porque no estaba de acuerdo con muchas cosas de ella. Hablaba bereber (un dialecto del Norte de África), francés, árabe e inglés, bueno, habla porque no se ha muerto. 

En clase intercambiábamos opiniones, me entendía bien con él a pesar de que era muy testarudo. Luego de dos meses salimos por primera vez, todo estuvo normal, pero a la segunda salida eligió lo que yo iba a comer sin consultarme, y cuando dejamos el restaurante, puso su brazo sobre mis hombros apretándome el cuello, lo hacía de una forma tan brusca que tuve que decirle que se quitara. Ahí me comencé a alejar.

Una noche recibí una llamada suya, estaba borracho y comenzó a decirme cosas muy extrañas: primero sobre sus planes para el futuro: quería que viviéramos en New Jersey y fuéramos padres de una niña, decía que me amaba y que TENÍA que dejar de hablar con mis amigos por ser homosexuales. Cuando le dije que no, comenzó a gritarme que era una orden. Yo me reía, era una risa nerviosa, en el fondo estaba muy preocupada. 

Los días siguientes comencé a evitarlo en clases y mi teléfono estaba a reventar. Me enviaba mensajes sin límite, osea ni dos ni tres, era algo como unos 20 por Facebook, unos 40 textos, luego muchísimas llamadas (una vez tuve 80 y pico) paréntesis: algo que noté al llegar acá respecto a nuestra cultura colombiana, es que somos muy pero muy comemierda: si no respondes o no te responden un mensaje nos retiramos de la batalla: nos duele en el alma demostrar lo que sentimos, además, los hombres en Colombia tienen como mil mujeres hermosas, así que supongo que no vale la pena esforzarse tanto por una sola, es algo triste, aunque obviamente no estoy defiendo al argelino, se le había corrido el champú, eso es seguro. 

Un día en la floristería me dijeron que alguien me estaba buscando. Salí y lo vi ahí parado, no tenía ni puta idea de cómo había hecho para llegar hasta mi trabajo, pero eso encendió todas mis alarmas, tuve que decirle que se fuera y no de buena manera. Se fue de malagana. Desde eso temía salir en las noches, y contrario a lo que pensé, la insistencia no paró, seguía llamando con la misma intensidad. Los del trabajo comenzaron a advertirme que lo habían visto por el sector ¿qué tuve que hacer? respondí a una de sus llamadas y le dije que había hablado con la policía, que tenían todos sus datos y que cualquier cosa que me pasara iba a ser su responsabilidad. Así se calmó finalmente. 

El último mensaje que recibí de él decía que quería pedir mi mano pero que lo había dañado todo, que yo era una whore, una slut (y otros sinónimos de puta que suenan mucho más sutiles en inglés) como recriminándome por haberme perdido de él y su maravillosa existencia. Me salí de la escuela y no lo volví a ver.

La gente viene a Nueva York con un concepto muy errado del amor, creen que por haber personas de todas partes del mundo va a ser muy fácil y excitante encontrar pareja ¡pero es todo lo contrario! te chocas con tantas culturas que conectar con alguien es un desafío, o al menos es mi caso: tengo una esencia muy definida que me cuesta compartir con cualquiera. Después del argelino conocí gente de todos los continentes y sigo pensando lo mismo. Aunque claro, a muchos les funciona (no es una regla) y eso sí, como en muchos países extranjeros, ves seres humanos de revista, pero eso no alcanza para llenar corazones.

  


Americana, asiático, hindú, afroamericano. Una escena frecuente en Nueva York

Al final de mi viaje había analizado además, tres cosas sobre Nueva York que pienso son fundamentales para entender por qué el mundo está como está:

1.Los niños no tienen inocencia: manejan smartphones desde muy pequeños y conocen la ley, en la escuela les hacen saber que sus padres no tienen derecho sobre ellos, se ensimisman mucho en sus gadgets y debido a los fuertes horarios laborales de este país, es difícil que pasen tiempo en familia, terminan siendo muy independientes y fríos. Es como ver adultos metidos en cuerpos pequeños.

2.Todos estamos hiperconectados: nueve de cada diez personas en el tren tienen un celular o una computadora en las manos, es normal ver grupos de "amigos" totalmente aislados entre ellos gracias a los celulares y a nadie le importa absolutamente nada de lo que pasa afuera de sus audífonos. 

3.Se bota comida por cantidades: hay mucho dinero para todo, el consumismo es garrafal, la gente compra comida, la prueba y la bota a la basura, también se acostumbra a hacer grandes mercados en casa y dejarlos caducar. Es normal dejar correr el agua y comprar cosas nuevas sin necesitarlas, lo que hacen los americanos es sacar los muebles "viejos" (en perfecto estado) a la calle  y abandonarlos ahí, en resumidas cuentas, no necesitas esperar a que algo esté gastado para reemplazarlo. 





El último tramo

No faltaron las fiestas. Cuando no iba a la Crhistopher Street a escuchar Jazz y jugar dardos, me quedaba en casa de mis amigos a recordar mis raíces latinoamericanas: les ponía a Facundo, Mercedes, Silvio, Aterciopelados, Cerati. Era una forma de conservar los pies y el corazón en la tierra.  

Iba a volver en febrero,  pero gracias a la Nevada más fuerte que tuvo ese invierno y que justo cayó el día de mi vuelo,  fui reprogramada para el nueve de marzo. Estaba feliz de volver, necesitaba ver otra vez a quienes amo y tener ese contacto natural que aquí es tan escaso.  

De nuevo, los del trabajo me hicieron una despedida. No podía dejar de pensar en que había construido algo, en que me iba a hacer falta, en que una pequeña parte de mí le pertenecía a esta ciudad. 

Volver

No le avisé a nadie de mi llegada, solo sabía mi familia. En el aeropuerto de Bogotá me recogieron mi mamá y mi hermano. Amé la imagen de ellos esperándome.  

Cuando salí de ElDorado, todo se empezó a ver extraño, la 26 parecía nueva, el Transmilenio, los edificios, las casas, la gente: todo lucía distinto.  Mis lugares recurrentes tenían una energía que no conocía, era como verlos por primera vez (una sensación realmente extraña que solo quienes nos hemos ido conocemos). A esto se le conoce como choque cultural reverso, y es básicamente sentirte extranjero en tu propia casa; experimentar un desajuste en tu chip y dudar sobre a qué lugar perteneces. Durante el vuelo Nueva York-Bogotá escribí un post de cómo me sentía respecto a volver. Es una sensación  realmente confusa, tu corazón pertenece a dos lugares al tiempo.

Lo primero que hice fue ir a mi pueblo, Anserma Caldas, ahí me quedé con mis viejos que viven allá desde hace tres años. Me bañé en la quebrada y andé la finca, respiré clarito otra vez, sentí que me recargaba, verlos y estar con ellos era un regalo invaluable porque en Nueva York supe de muchos que vieron por última vez a sus viejos en un aeropuerto.


La quebrada, Belén de Umbría- Caldas.

Tenía que volver a la realidad y buscar trabajo en Bogotá. Comencé a vivir con mi hermano en nuestro antiguo apartamento; mi hermana se había quedado en Nueva York. 

Al principio salía bastante, me reencontré con mucha gente: los amigos del barrio, del trabajo, de la universidad; todo  seguía exactamente igual,  nada cambió excepto por algunas nuevas anécdotas.

Me sentía feliz, pero siempre con la sensación de que algo me faltaba, es el precio de haberte ido, a veces pienso que de haberlo sabido, me hubiera quedado. 

Estaba subsistiendo con mis ahorros y mandé muchísimas hojas de vida, necesitaba un trabajo lo antes posible, mis viejos estaban en el pueblo y todos mis amigos volvieron a sus rutinas. Era imposible verlos cada día, entonces pasaba mucho tiempo sola en casa y salía a montar bicicleta casi a diario, así se me fue yendo mi nueva vida en Colombia. 

Me llamaron a entrevistas pero al cabo de tres meses no tenía nada concretado y ya se me estaba acabando el dinero. La desesperación me empezó a invadir hasta sentir que se me acababan los motivos para quedarme... 

Una mañana desperté con la idea de volver, llamé a mi hermana y me dijo que me apoyaba, cuando vi el tiquete de abordaje me sentí todavía más triste porque sabía que esta vez iba a ser por más tiempo...

Llegué por segunda vez a Nueva York el 3 de junio del año pasado. Hoy, un año y un mes después, me encuentro escribiendo la historia desde mi casa en Queens, Nueva York y planeando mi nuevo viaje de regreso porque sigo sintiendo que algo me falta. 


Actualización:
Gracias a todos los que compartieron este post ha alcanzado hasta el momento las 80.000 visitas (cosa que me llena de mucho ánimo y amor hacia todos ustedes) Finalmente, si quieres seguir viajando conmigo, estás a un solo click:
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